November Rain

Bello guardián

Recuerdo aquella noche cada día. Como aquel día cambió drásticamente nuestras vidas. Para siempre.

Todo empezó con una llamada de auxilio que provenía del bosque oscuro. Nadie se atrevió a ir salvo nosotros. Pues por alguna extraña razón, especialmente yo, me sentía atraído por una fuerza extraña a ese lugar. Había algo que me obligaba a ir y no podía contenerme.

Llegamos al centro del bosque rápidamente y allí estaba. Allí encontramos a un grupo de malhechores intentando abusar de una jovencita preciosa. Pero antes de que nos pudiésemos dar cuenta mientras luchábamos para salvar a la chica ella se levantó por encima de todos y hubo un estallido de luz.

Fue entonces cuando pude ver bien a la joven y ahí note que era ella la que únicamente deseaba mi ayuda. Observé en sus bellos ojos verdes y su melena dorada un respiro para mi lucha.

Finalmente tras apagarse esa hermosa luz los malhechores se desvanecieron y ella calló al suelo inconsciente. La recogí y rápido fuimos al hospital.

Han pasado ya casi ocho meses desde el ataque y desde entonces no he vuelto a tener problemas. Noto un aura protectora cuando esta ella. Estoy fresco y lleno de energía cuando la tengo a mi lado. No he vuelto a ser el mismo inconsciente y eso me gusta.

Creo, creo que ella me protege igual que yo la protegí aquel día. No voy a dejar que nadie la toque igual que ella vigila por mi.

Tiene algo especial. Y me encanta cuando me mira. Siempre sonríe a mi lado y eso me da mas fuerzas. Es especial. Tienen un don. Es mi ángel de la guarda.

En el mes de Octubre

Con la primera caída del Sol halla por el mes de Octubre, la primera hoja color miel tocó el suelo del verde prado. En ese momento unos ojos grandes y brillantes como esmeraldas despertaron y sonrieron.

Hubo una pausa en el cielo anaranjado y un instante de calma en el prado. Una imagen se poso en esos bellos ojos verdes. El atardecer de Octubre. El prado bañado en hojas caídas y el bello cielo calmado con un preciso tono rosado y delicado.

Un pensamiento recorrió su cabeza y un suspiro acompasado con un sonrisa se esbozó en su cara. Entonces un par de brazos recorrieron su cintura y la giraron con delicadeza. Dejando su melena rubia caer sobre ellos mientras un beso pasional se fundía en sus labios.

Volvió a abrir los ojos y allí vio aquellos ojos azules que tanto añoraba mirándola fijamente con lágrimas en los ojos. Abrazándola y tras ese paisaje todo era calma y perfección. Pues hoy después de tanto tiempo habían vuelto a sonreír. A sentir sus cuerpos. A besar sus labios.

Pues hoy, después de tanto tiempo, como prometió antes de partir a trabajar, él la abrazó en aquel prado, antes verde y ahora, cubierto por un gran manto de hojas en calma.

Ojos verdes

Desperté una mañana. No veía absolutamente nada, salvo un resplandor esmeralda que me cejaba los ojos.
No entendí nada hasta pasados 20 min. Y es que era absolutamente desconcertante.
Aunque, para que mentir, me sentía totalmente agusto con ese resplandeciente y bello amanecer verde que tenía ante mí.

Como he dicho antes, no fue hasta casi veinte minutos después de mi despertar que me di cuenta de que sucedía. Entonces fue cuando lo ví. Mas bien, la ví. Sonriendo desde la otra parte de la cama. Mirándome fijamente a los ojos. Clavando en mí su dulce despertar. Fijandome sus bellos ojos color esmeralda. Soñando conmigo en sus preciosos ojos verdes.

¿Sabeis? Venimos de una generación de falsos y violadores. De asesinos silenciosos y armas con tal poder de destrucción que harían temblar al mismisimo Zeus. Somos la generación del abuso y el rencor. Del querer ser más que el otro. Somos casuales y fugaces. Incapaces de sentir cualquier cosa que no sea dolor. Nuestra generación es aquella que no brinda la oportunidad de amar por miedo al dolor que pueda conllevar. Conscientes de la agonía tan lenta en la que vivimos e incapaces de sobreponernos a los prejuicios morales y aceptar el mundo como es, un gran corral donde pastar. Venimos de una generación de cobardes y mentirosos. Somos la triste generación que no lucha, no siente, no vive. ¿Y todavía nos preguntamos el por qué no se fían de nosotros?

Amanecía sin ver,
amanecía sin saber
donde sus sueños de papel
desaparecían sin querer.

Queriendo vigilar
las palabras y la fe
se dispuso a meditar
y asi es como se fue.

Solía soñar que iba a volar
rugiendo al despertar
muriendo al descansar.

“Cuerpo sensual. Mirada angelical. Cada día me derrite su sonrisa y petrifica mi alma con cada beso. Le quiero. Vaya que si le quiero. Es precisa su mirada bañada en el verde del mar. Perfecta. Mi niña. Mi ángel. Mi amor.”

Un beso, una caricia erizan tu piel. No es tu mano la recorre insaciable tu cuerpo. Una mano femenina agarra tu espalda con fuerza y ternura. Los labios quedan pegados mientras tú, somnoliento, sonríes y te empiezas a despertar. 

Al girar la cabeza la observas detenidamente y analizas sus rasgos con cuidado de no despertarla. Piel suave y blanca, ojos verdes que se esconden tras esos párpados caídos, larga melena rubia que acaricia su cuerpo desnudo. Levantas la sábana y ves su hermoso torso desnudo ante ti. Sonríes. 

Te levantas y con la mirada cansada vas directo a la cocina, coges un par de vasos y preparas el desayuno. Miras el reloj. Las 11 de la mañana. Ayer fue una noche larga y todavía estás cansado. 

Con una mano apoyas y abres la puerta mientras sostienes una bandeja repleta de bollería y zumo para el desayuno. Con cuidado te acercas a la cama y le plantas un beso. Ella, mimosa de buena mañana abre poco a poco los ojos mirándote y sonriéndote mientras se despereza y se incorpora. Analiza rápidamente tu torso semidesnudo y mira con ansia el desayuno.

Con cuidado de no manchar colocas sutilmente la bandeja en su regazo y ella te mira y te da un beso agradecida. 

Mientras ella desayuna, tu la observas, con felicidad, con calma, con serenidad y amor. Es feliz y por tanto tú también. Irradias felicidad y ella lo sabe. Te quiere y te acaricia. Te mira. Te besa. Y…. 

Buenos días, princesa. 

¿Sabéis? Venimos de una generación de falsos y violadores. De asesinos silenciosos y armas con tal poder de destrucción que harían temblar al mismísimo Zeus.

Somos la generación del abuso y el rencor. Del querer ser más que el otro. Somos casuales y fugaces. Incapaces de sentir cualquier cosa que no sea dolor. Nuestra generación es aquella que no brinda la oportunidad de amar por miedo al dolor que pueda conllevar. Conscientes de la agonía tan lenta en la que vivimos e incapaces de sobreponernos a los prejuicios morales y aceptar el mundo como es, un gran corral donde pastar.

Venimos de una generación de cobardes y mentirosos. Somos la triste generación que no lucha, no siente, no vive. ¿Y todavía nos preguntamos el por qué no se fían de nosotros?

Así es.

Un beso. Una caricia. Una sonrisa. Una mirada. Simples cosas que llenan el alma. 

Esos ojos verdes mirándome fijamente bajo las sábanas de mi cama. Recorriendo todo mi cuerpo con sensualidad y amor. Como solo ella sabe hacer. 

Esa sonrisa de diamante que se dibuja en su cara con cada beso, con cada caricia que le doy. Susurrando al viento un te quiero firme. Ruborizándose al tocar con cada dedo su cuerpo. 

Esas caricias que me erizan la piel, que me ponen tenso y me relajan a su vez. Cada paso de sus dedos es un acorde musical que recorre mi cuerpo llenandolo de paz y armonía. 

Ella. Mis ojos verdes. Mi sonrisa de marfil. Mi sonrisa. Perfecta.